Publicado: 5 de Noviembre de 2018 a las 14:33

Desde muy pequeños aprendemos que los sentimientos de rabia e ira no concuerdan con lo que se espera de una persona de bien, una persona educada, con valores y buenos principios. Esto a su vez genera mucha ansiedad, ya que intentamos reprimir una emoción que existe no dejándola salir.

Aunque cada vez se tiene más conocimiento sobre el importante papel que tienen “todas” y cada una de las emociones para nuestra supervivencia, aún se sigue enseñando a los más pequeños que sentir emociones como la ira, el enfado, no es positivo.  “No te enfades que te pones feo”, típica frase con la que, sin darnos cuenta, le estamos enseñando a un niño que no tiene derecho a molestarse, ni siquiera a quejarse, por lo que le insatisface ya que se “desfigura”. O que enfadarse significa tener mal carácter, y que eso podría resultar poco atractivo e incluso perjudicar al adolescente es sus relaciones de amistad o de pareja.

Frente a la idea generalizada de que la ira es un sentimiento que se ha de contener, debemos entender que se trata de una emoción más que no debemos temer ni ignorar. Aunque está considerada como una de las emociones más tóxicas, simplemente debemos aprender a identificarla para luego poder canalizarla sin herir a nadie. Aprender a expresar esta emoción de manera correcta, en su justa medida, es muy útil tanto para que nuestras relaciones interpersonales crezcan en buena dirección, como para mantener el equilibrio emocional. Acumular ira en nuestro interior en lugar de ir dándole salida de manera progresiva es contraproducente, ya que es cuando el cuerpo grita lo que la boca calla. La acumulación de ira tiene unos costes enormes a nivel físico (eleva la presión arterial y espesa la sangre), aparte de poder somatizar esta emoción no expresada, concretándose en efectos físicos negativos como tensión muscular, erupciones en la piel, problemas gastrointestinales, dificultad a la hora de conciliar el sueño etcétera.

Cuando algo nos molesta es mejor decirlo en el momento y no esperar a que se acumulen los agravios. Si en lugar de guardarnos algo que nos ha enfadado un poco, lo expresáramos, no habría que llegar a sentir un cabreo monumental y dar lugar a la explosión donde el acaloramiento de la discusión anula nuestra capacidad empática y una simple diferencia de opiniones acaba por convertirse en un gran conflicto.

No cabe duda que aún están quienes confunden  el enfado (una emoción más) con la agresión. Como seres humanos experimentamos sentimientos agradables y otros no tan agradables, pero debemos permitirnos sentir todos, la ira incluida. Si fuéramos incapaces de enfadarnos, no podríamos poner fin a las situaciones que nos dañan

Intenta ver tu emoción como tu voz interior que necesita expresarse, ser escuchada y entendida. Si intentas callarla, sentirás frustración y aparecerá el sufrimiento. Hay que abrirse a estas emociones, tomar conciencia de ellas y aceptarlas sin juzgarnos. Debemos aprender a convivir con emociones incómodas, manteniendo la calma y sin intentar evitarlas. Tienes derecho a enfadarte, a molestarte y lógicamente a decirlo, pero siempre desde la asertividad y el respeto.

Muy importante es comprender que una emoción incómoda como la ira DEBEMOS GASTARLA Y NO ACUMULARLA. Cuanto más fuerte es la represión, más explosiva y potente será la emoción liberada. La emoción que se queda atrapada siempre busca una salida. Así funciona la naturaleza de las emociones.

Tamara de la Rosa

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