Nos enseñan que para ser responsables debemos preocuparnos cuando las cosas no van bien. Y es que es cierto que cierta dosis de preocupación puede servir de ayuda para reaccionar ante determinados problemas, pero se convierte en una reacción patológica cuando nos preocupamos por sucesos de baja probabilidad o entramos en “modo centrifugadora mental”, dando vueltas a los problemas sin resolverlos nunca. Tormentas mentales a las que muchos se exponen a diario sin saber cómo salir de ellas.

Quizás deberíamos aprender a preocuparnos menos y “ocuparnos” más. No somos conscientes del coste que pagamos cuando tomamos como hábito la preocupación constante y excesiva, no solo a nivel psicológico (desgaste emocional importante), sino a nivel físico (dolores de cabeza, insomnio, estrés, irascibilidad, etcétera), incluso debilitando nuestro sistema inmunitario.

En función de la escala de valores que tiene cada persona, unos tendrán unas preocupaciones y otros, otras diferentes. Todos las tenemos. Lo que nos diferencia es que mientras unos se sumergen en ese estado de preocupación, otros se concentran en buscar una solución y actúan. Y es que la preocupación sin acción, es de todo menos útil.

1. Preocupaciones por acontecimientos del pasado: Por mucho que le des vueltas, jamás vas a lograr cambiar lo que ya ocurrió, sin embargo todo el tiempo que le dediques a rumiar lo sucedido y además, utilizando un pensamiento saboteador, estarás reviviendo el dolor una y otra vez. Recuerda que el dolor forma parte de la vida, pero el sufrimiento (revivirlo constantemente) es opcional. No se trata de intentar olvidar y ni siquiera de no recordarlo. Se trata de aceptar lo que pasó y que a pesar de ello, debes seguir hacia adelante. Tú decides si seguir escribiendo tu historia o quedarte releyendo ese capítulo.

2. Preocupaciones por el futuro: Una cosa es ser precavido y otra intentar tener el futuro totalmente atado. Una de las consecuencias de gestionar mal nuestras emociones es convertir la incertidumbre de la vida en un problema. Son muchas las personas que viven en una constante anticipación negativa del futuro. Un intento de control que desgasta y que entierra su presente. Ya lo dijo Wayne W. Dyer en su momento “La catástrofe que tanto te preocupa, a menudo resulta ser menos horrible en la realidad, de lo que fue en tu imaginación.” No te sorprendas si sientes ansiedad. La preocupación, con su componente de anticipación, es el estado característico de esta emoción.

3. Preocupación por lo que no depende de uno: si no depende de ti o no tiene solución ¿para qué preocuparse? Sencillo decirlo y algo más complicado hacerlo. Por este motivo es recomendable el entrenamiento mental para cambiar pensamientos negativos por otros más saludables y que así lograr que lo que pensemos, sea de utilidad.

4. Preocupación por lo que tiene solución: Si tiene solución, ¿por qué preocuparse? Lo único que cae del cielo es lluvia por lo tanto, cuanto antes busques una tormenta de ideas para solucionar el problema, antes lograrás eliminarlo. Cuando tu mente observa que estás en ello, disminuye la preocupación.

Te invito que hagas un listado de todas esas preocupaciones que interfieren en tu día a día. Una vez lo tengas hecho, tacha las que no dependen de ti y lo que no puedes cambiar. Recuerda que la energía con la que te levantas cada mañana no es ilimitada. Toda la que gastes en rumiar esas alternativas es energía que no tendrás para buscar soluciones a las restantes. Con el resto de la lista, pregúntate lo siguiente: ¿Es tan catastrófico? Muchas veces hacemos montañas donde solo hay granos de arenas por no definir bien lo que nos preocupa, y eso mismo es lo que entorpece la fluidez de soluciones.

Tamara de la Rosa.

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Publicado: 27 de Junio de 2018 a las 16:00