Publicado: 12 de Noviembre de 2018 a las 15:42

Desde niños nos enseñan a borrar de nuestro vocabulario el dichoso “no quiero” por identificar ésta expresión con la mala educación, en vez de enseñar a gestionarlo. A largo plazo, esto conduce a la sumisión, y en este caso, a tener problemas a la hora de decir NO.

Somos educados desde niños para mostrarnos amable, serviciales y agradar a los demás y muchas veces, estas convenciones sociales, nos obligan a olvidarnos de nosotros mismos, de nuestras necesidades e intereses. Excesiva importancia a la búsqueda del reconocimiento de los demás haciéndole un flaco favor a nuestra autoestima.

El problema, no es decir no. El problema es decir SI cuando queremos decir NO. Desde que lo haces, estás atentando a tu dignidad.

Por supuesto, hay situaciones en la que es “imposible” decir no, aunque siempre, podemos manifestar nuestro desacuerdo. Por ejemplo: cuando tu jefe te “pide” quedarte a una reunión fuera de horario laboral. Otras situaciones en las que nos “resulta más sencillo” por que no conocemos al otro. Por ejemplo: cuando paseas por la calle y cada 10 pasos alguien te pide 50 céntimos para el tranvía. Ahí le dices no sin problema porque no lo conoces y porque si le dices que si a todos, cuando llegues a tu destino tu cartera está vacía. Y por último, los casos en los que “somos incapaces” a negarnos cuando, con la otra persona mantenemos una relación ya sea de amistad, laboral o familiar. ¿Cuántos hemos estado relajados en el sillón y nos piden el favor de ir a buscar a alguien y aunque la ansiedad se apodere de nosotros, se nos ponga el nudo en el estómago, echemos sapos y culebras por la boca, nos vestimos y lo hacemos por no decir NO? Y es que no nos damos cuenta de las dificultades que nos puede generar esta manera de relacionarnos diciendo que sí de manera automática, sin pararnos a pensar en las consecuencias. Esta actitud nos hará dedicar nuestro tiempo en los demás, pero no de forma auténtica, sino de forma mecánica, sin criterio, olvidándonos de nosotros/as mismos/as y de nuestras necesidades, incapaces de cuidarnos. Olvidamos que decir no (y que nos lo digan) es un derecho que todos tenemos y debemos aplicar y aceptar. Hemos aprendido a sentirnos culpables o pensar que le hacemos daño a otro por negarle algo. ¡Nos movemos por miedos! Miedo al que pensará, al rechazo, a que nos tachen de egoísta, de maleducados, y al final, acabamos sometiéndonos al otro, dándole prioridad a su bienestar mas que a nosotros mismos. Elegimos castigarnos por satisfacer a otros ¿Seremos masoquistas?

Debemos romper el mito de que decir no está mal hecho. Que es de egoísta, de desconsiderado, de mal amigo, de mal pareja. Cuando hacemos caso a este tipo de juicios, nos desconectamos de nuestras verdaderas necesidades y las confundimos con las de los demás. Decir no, simplemente es una opción que debe ser considerada, aceptada y respetada. Al decir SI cuando quieres decir NO, no solo das prioridad a las necesidades de otro antes que a las tuyas, sino que destruyes tu autoestima, alimentas tu inseguridad y generas grandes cantidades de ansiedad y estrés, que si lo haces de forma continuada, acabará pasándote factura.

Cuando dices NO estás siendo fiel a lo que sientes, piensas, a tus valores y creencias. Defiendes tu derecho y lugar ante los demás aumentas la autoconfianza y sensación de seguridad frente al resto. Marcas tus límites, te das a respetar y no acostumbras a los demás a que decidan por ti ya que cuentan con tu SI por adelantado. Saber decir no es tomar las riendas de tu vida. Eres tú quien decide lo que hacer en vez de los demás. Tienes tiempo para hacer lo que amas, no para lo que aman los demás generándote malestar, vives con menos estrés, te sientes bien porque eres coherente entre lo que sientes, piensas y finalmente dices.

¿Se puede aprender  decir no? ¡Por supuesto que si! Ser del agrado de todos es un desgaste emocional importante. A veces, es preferible decir NO y que se molesten con nosotros que decir SI y molestarnos con nosotros mismo/as. No se trata de decir que no, sino de cómo se dice. Lo cierto es que, cuando empiezas a conocer tus prioridades y tus necesidades, encontrarás rápidamente la forma de decir que no y beneficiarte no solo tu de ello, sino también la otra persona.

Algunas pautas para decir que no:

  1. Tómate tu tiempo para decidir: No estás obligado a dar una respuesta inmediata. Tienes tu vida y tienes que valorar si puedes hacerlo o no.
  2. Empatía: En caso de decidir que no te compensa hacerlo, debes expresarle que entiendes su situación y explicarle porque no vas a poder complacerle (sin extenderte). No debemos caer en el error de dar una retahíla de justificaciones.
  3. Ofrecerte para buscar otras alternativas para solucionar su problema. No se trata de decir un no rotundo y dar la conversación por finalizada. Puedes decir no y ayudarle a encontrar otra opción. Es una elección del otro tomárselo bien y respetar tu decisión o molestarse por no obedecerle. Pero ese, no es tu problema. De ser esclavo de algo, que sea de tus deseos. Ayudar y estar dispuesto a hacer un favor es muy diferente a estar obligado a hacerlo.

Aprender a decir no, NO ES FÁCIL. Lamentablemente es algo que tardamos en aprender a base de golpes y sobre todo, tardamos en interiorizar. Pero es, sin duda, importante, recomendable y a la larga, nos traerá beneficios. Así que ¡a ponerlo en práctica!

Tamara de la Rosa

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