Publicado: 2 de Enero de 2019 a las 08:36

La sobreprotección de padres a hijos comienza a ser un problema.

Hace 20 años, los adolescentes que acudían a terapia, lo hacían prácticamente obligados por sus padres. Rebeldía, problemas de estudios, inicio en el consumo de alguna sustancia tóxica. Sin embargo desde hace unos años atrás, es impresionante la cantidad de padres que piden cita para sus hijos, menores de edad, y que al preguntarle por el motivo de consulta te comentan su desconocimiento, pues ha sido el mismo niño/a quien lo ha demandado.

-          Niños que se sientan frente a uno y te hablan de tristeza, de rabia, ansiedad, y problemas en sus relaciones sociales.

-          Niños que no tienen las herramientas necesarias como para enfrentarse a un “no”, a un fracaso, o a cualquier tipo de problema que ya papá y mamá no se lo pueden solucionar.

-          Niños acostumbrados a abandonar ante la mínima adversidad sin luchar por lo que merece la pena.

-          Niños constantes respecto a lo que les es sencillo o depende de ellos, pero con un alto grado de abandono cuando algo deja de estar bajo su control o se complica lo más mínimo. Falta de voluntad, de constancia, de perseverancia e inseguridades que desean cambiar.  

Al final, cuando por mi trabajo valoro estos casos que repito, cada vez son más frecuentes, en todos ellos encuentro un mismo denominador común: un exceso de sobreprotección por parte de los padres.

¿Hablamos de malos padres? Rotundamente NO. Malos padres son los que abandonan, los que no dan amor, los que maltratan, los que desprotegen y se despreocupan de sus obligaciones como padres que a la vez, coinciden con los derechos de un hijo.

En los casos de sobreprotección hablamos de padres que aman a sus hijos, pero que se equivocan facilitándole en exceso la vida. Ellos creen que se la facilitan cuando la realidad es que se las están complicando a largo plazo. Padres con sentimientos de culpabilidad ya que por motivos laborales no pueden pasar el tiempo que quisieran con ellos, e intentan compensar esta sensación con darle todo sin que aprendan a ganarlo.

Antes este papel lo asumía la madre. Ahora con la incorporación laboral sienten que abandonan a sus hijos en manos de otros gran parte del día, por los que les cuesta más decir que “no” y establecer obligaciones.

Otros padres deciden que sus hijos no vivan las carencias que ellos sintieron de niños permitiéndoles todo, puesto que ahora cuentan con más recursos, o por otro lado, padres con miedos que no permiten que sus hijos se desarrollen con normalidad evitando muchísimas situaciones para que no les suceda nada. Niños que llegan a la edad adulta sin haberse subido jamás a una bicicleta, a unos patines, que no se ha quedado fuera de casa con sus amiguitos nunca etcétera.

Al final hablamos de padres que por amor a sus hijos, intentan facilitarle la vida con el pensamiento de “ya tendrán tiempo ellos de buscarse la vida” o de protegerlos ante posibles peligros, y no se dan cuenta que lo único que están consiguiendo es que sus hijos crezcan en burbujas que siempre acaban estallando.

El no enseñarles normas de convivencia, no poner límites, solucionar sus problemas en lugar de enseñarle a buscar alternativas o a asumir las consecuencias de determinados comportamientos, no recibir un “no”, etcétera, los convierte en niños con carencia de autonomía y falta de habilidades necesarias para la vida como son la toma de decisiones, habilidades sociales como saber decir no, saber aceptar una crítica y una negativa, gestionar emociones como la frustración y la ira cuando las cosas no salen como desean.

Está demostrado que los niños protegidos en exceso tienen una dependencia "extrema" de los adultos, desarrollan menos recursos, menos estrategias y habilidades. Los niños hiper-protegidos suelen presentar más miedos, conflictos emocionales y ansiedad.

Eduquemos no para vivir en burbujas, sino para vivir enfrentándonos a la vida.

Tamara de la Rosa

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