Publicado: 5 de Diciembre de 2018 a las 08:59

Lo cierto es que no solo basta con ser buen deportista, tener talento o buena actitud cuando las cosas van bien, si de lo contrario, cuando se ponen difíciles no sabes gestionar tus emociones. Indiscutiblemente la fuerza mental en un deportista es fundamental para alcanzar el éxito. Fórmula 1, MotoGP, Tenis, Baloncesto, Futbol, etcétera, son deportes donde no solo se requiere de una buena técnica y actitud para tener un buen rendimiento. Se requiere el desarrollo de determinadas habilidades psicológicas como la concentración  (mantener el foco de atención en el juego a pesar de los tantos distractores que puedan existir), mantener la calma tras una mala jugada, soportar la presión, tensión y motivación a pesar del agotamiento o de un mal resultado, encontrar un nivel óptimo de activación, entre otras tantas. 

No debemos reprimir emociones como la frustración, la ira, y la tristeza, pero si debemos aprender a expresarlas de forma correcta. ¿Por qué? Porque una mala gestión de esas emociones puede convertir una simple mala jugada en la derrota de todo un partido. ¿Cómo lo hacemos? No solo entrenando el cuerpo y la técnica, sino también la mente.

Importante no olvidar que antes de una emoción siempre hay un pensamiento. Lo que nos duele o nos frustra no es lo que nos sucede, sino la interpretación que hacemos de eso que nos sucede. Ante un pensamiento magnificado, aparece una emoción desproporcionada. Si lo magnifico de manera negativa, no hace falta decir cómo nos podemos llegar a sentir. ¿Quién crea los pensamientos? Los creamos nosotros mismos a través de nuestro diálogo interno. Esa vocecilla con la que interactuamos la mayor parte del día. Por lo tanto, lo que nos decimos a nosotros mismos se transforma en nuestro pensamiento. Según el tipo de pensamiento que tengamos generaremos unas u otras emociones, y a su vez, nuestro estado de ánimo, (emociones), condicionará nuestro comportamiento interfiriendo directamente en el resultado. Por ejemplo: una persona deprimida no se comporta de la misma manera que una persona llena de entusiasmo, alcanzando así resultados diferentes. En el deporte, cuando un deportista comete un error, si se deja llevar únicamente por la emoción con un lenguaje no verbal donde muestra su rabia, reprochándose verbalmente el error, o buscando culpables, sus emociones se dispararán y se duplicará el malestar. A partir de ese momento, el deportista jugará con ansiedad, lo que repercutirá en su nivel de concentración y disminuirá su rendimiento.

Otro motivo por el que la gestión de emociones es necesaria tanto en la vida como en el deporte, es porque la intensidad de las emociones que sentimos ante una determinada situación es la que fija nuestros recuerdos. Seguramente, si te pregunto cómo fue tu primera vez, tu noche de bodas o donde estabas el día que cayeron las torres gemelas, me darías una respuesta rápida casi sin pensar. Sin embargo, si te pregunto qué hiciste el Jueves pasado, apostaría que te tomarías unos minutos en recordar. Nuestros recuerdos son muchos más fuertes y permanecen más tiempo en nuestra mente cuando los relacionamos con emociones fuertes (positivas o negativas). Por lo contrario, los pensamientos que no nos producen ninguna emoción, desaparecen pronto. Por este motivo, si tras una mala jugada intensificamos negativamente nuestras emociones a través de un pensamiento destructivo, no solo puede condicionarnos lo que queda de partido, sino que además queda grabado en nuestro disco duro como una experiencia negativa que no queremos que se vuelva a repetir, generando en próximos partidos la famosa “ansiedad anticipatoria”. 

Cuerpo y mente, dos variables igual de importantes cuando hablamos de rendimiento.


Tamara de la Rosa


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