Es cierto que tener uno o dos días con bajo estado de ánimo ni es un problema, ni hay que alarmarse y mucho menos hay que auto-diagnosticarse ningún trastorno. De hecho, tenemos que permitírnoslo y aprender a convivir en determinadas situaciones con emociones que nos son incómodas, porque el dolor forma parte de la vida, nos guste o no. Podemos continuar perfectamente con nuestro día a día aunque nos sintamos tristes. Pero también es cierto que en muchas ocasiones, por no canalizar o gestionar de manera correcta nuestras emociones, somos nosotros mismos los que intensificamos el malestar consiguiendo que persista durante un periodo de tiempo más largo. Tendemos a tomar inconscientemente el papel de víctima cuando sucede algo desagradable y, lo cierto es que, cuanto más nos repetimos lo desafortunados que somos, peor nos encontramos. Adquirimos el vicio del lamento.

Recuerda siempre, lo importante que es el diálogo interno. Nuestras palabras se transforman en pensamiento. Dependiendo del tipo de pensamiento que tengamos, (destructivo o saludable), vamos a generar unas u otras emociones y a su vez, nuestro estado de ánimo va a condicionar nuestro comportamiento. No se comporta de igual manera una persona segura y motivada, que otra desesperanzada por lo tanto, el resultado también será diferente.

Una persona que ante la dificultad piensa que es incapaz de superar la situación, se sentirá insegura, frustrada, desmotivada, y seguramente, se dejará ahogar en el problema. Sin embargo, una persona que ante la adversidad, en vez de preguntarse ¿por qué a mí? Se pregunta: ¿Qué es lo que puedo hacer para mejorar la situación? tomará una postura activa ante y aumentará la probabilidad de encontrar un abanico de soluciones.

Potente el papel que tiene el pensamiento sobre nuestro estado de ánimo. Esto, no significa que cambiando un pensamiento podamos cambiar de un estado de desesperanza a una plena felicidad. Simplemente se trata, de modular la intensidad de tus emociones. Por ejemplo: “en vez de sentir niveles altos de ansiedad que paralizan y bloquean mentalmente, sentir un nerviosismo que te permita continuar. En vez de sentir la ira que hace que pierdas el control alzando la voz y dando un golpe sobre la mesa, sentir un enfado más saludable que te permita hablar calmadamente. En vez de hundirte en una depresión, sentir tristeza, sin cegarte a la hora de encontrar diferentes alternativas”. El peligro de los pensamientos está en que cuando tomamos como hábito la presencia de pensamientos destructivos, llevamos a cabo comportamientos que sólo nos generan malestar.

Si piensas que sueles caer en el círculo vicioso de la tristeza te recomiendo:

1- Cuida tu diálogo interno y comienza a hablar en positivo sobre ti. El subconsciente no diferencia si lo que te dices es real o imaginado. Simplemente se lo cree, lo captura y hace que actúes acorde a ello, por lo que muchas veces, acabamos maltratándonos a nosotros mismos.
2- Detecta los pensamientos que hacen sentirte mal e intenta modificar la interpretación que has hecho de la situación. Pregúntate ¿realmente es tan terrible lo que me está sucediendo? Cuando exageramos la importancia de lo que nos pasa, aparece una reacción de sentimientos también exagerada.
3- Valora y celebra las cosas positivas que haces. Olvida el “pero”. Sobre todo, las personas perfeccionistas, suelen decir frases tipo “Aprobé el examen pero porque estaba fácil” Si restamos importancia a lo positivo o no lo tenemos en cuenta, nos puede llevar a una depresión.
4- No generalices. Por que te haya pasado una o dos veces, no quiere decir que te vaya a ocurrir siempre.
5- Flexibilidad en el pensamiento. No todo es blanco o negro. Aprende a moverte en la diversidad de colores

Publicado: 9 de Mayo de 2016